POR EDUARDO GONZÁLEZ
Hoy se cumplen 75 años de la gran victoria electoral del frente encabezado por Perón sobre la llamada Unión Democrática. Se consolidaba de ese modo en el plano institucional y democrático, el gran hecho de masas del 17 de octubre del 45 para rescatar al Coronel del pueblo y la revolución militar nacionalista del 43 contra el fraude de la república oligárquica.
Puede decirse que allí nace la argentina moderna, industrial, con vocación de soberanía y justicia social, donde había un lugar para los trabajadores, las mujeres y los humildes, en la senda de la unidad latinoamericana, la sustentabilidad y la solidaridad de los pueblos. Es en ese proyecto donde el país pudo desarrollar la energía nuclear, poderosas empresas del estado y, andando el tiempo, satélites y radares.
Pero este hecho extraordinario, que cambió la vida de las grandes mayorías, fue negado casi en su totalidad por las corrientes políticas liberales y las de izquierda. Si de un lado negaban toda trascendencia a las medidas sociales avanzadas, calificándolas de demagógicas, por el otro, se sintetizaba el significado del movimiento de masas acaudillado por el Gral. Perón como bandas fascistas, atraídas por el puro carisma y el aparato del estado. Entre la inteligentzia era común calificar al peronismo como aluvión zoológico.
Hubo voces que reconocieron el gran movimiento, que agrupaba a sectores provenientes del radicalismo, del nacionalismo y del socialismo, por supuesto el propio Perón y otros intelectuales del peronismo, como Puigrós, Rosa, Sampay, Marechal, Coocke, Hernández Arregui y una larga lista, pero también desde el nacionalismo democrático de Jauretche y Scalabrini Ortiz o desde la naciente Izquierda Nacional de Narvaja y Ramos, en la que más tarde se agruparon Spilimbergo, Blas Alberti, Laclau y Galasso, entre otros.
La misma masa popular que antes gritaba ¡Viva Yrigoyen! Ahora grita ¡Viva Perón! decía una declaración de esta corriente.
Pero lo que resultaba difícil comprender para la vieja política oligárquica era sencillo para los trabajadores de la ciudad y del campo y para las grandes mayorías.

Podría decirse que el país asistía a un gran acontecimiento, a una verdadera disrupción, que obligaría a repensar todas las categorías sociales y culturales de la Argentina semicolonial. La llegada del peronismo planteaba entonces una cuestión ontológica y epistemológica.
Aún hoy, persiste dicha negación o prejuicio, no sólo en las derechas del mundo, sino en las rancias izquierdas europeístas, e incluso entre aquellas que se reivindican del Sur o de la Periferia.
Hay algo en este movimiento, “el hecho maldito” que decía Coocke, que movió a una confrontación total de las potencias, algo que en el mundo no podían tragar los intelectuales, ni el poder colonizador del imperialismo
Ese algo no era otra cosa que la formación de una poderosa conciencia nacional popular en las masas profundas, es decir un hecho social potencialmente amenazante para el sistema y, más aún, por su incrustación en las instituciones y en la constitución de 1949.
Destruir esa conciencia es una intención permanente del régimen, por allí pasa la grieta. Aquí y ahora la podemos apreciar en la oposición salvaje al gobierno de gran amplitud de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, que se realiza en los medios de comunicación hegemónicos, en la justicia corrupta y servil y en las corporaciones económicas.
Avanzar ante enemigos tan poderosos requiere de una actualización de los medios y las estrategias de lucha, lo cual exige a su vez nuevas formas de participación y de organización del pueblo. Esa es la compleja tarea que deben asumir las corrientes nacionales consecuentes, partiendo precisamente de la conciencia heredada de aquellas jornadas históricas.
