MUJERES SANTIAGUEÑAS A 50 AÑOS DEL GOLPE: ENTRE EL DISCIPLINAMIENTO Y LA RESISTENCIA SILENCIOSA

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Un estudio del Equipo Historia UNSE Mujeres analiza las trayectorias femeninas durante la última dictadura militar, revelando un escenario de contrastes donde la profesionalización incipiente chocó contra la represión y el retorno forzado a los mandatos tradicionales.

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​A medio siglo del quiebre institucional de 1976, la reconstrucción de la memoria histórica en la provincia adquiere una nueva dimensión al poner el foco en las experiencias de las mujeres. No se trató de un proceso homogéneo: mientras algunas sufrieron la persecución y el exilio, otras navegaron los estrechos márgenes de la administración pública o resistieron desde el ámbito doméstico. El Equipo Historia UNSE Mujeres propone una mirada ética y profunda sobre estas «dimensiones incómodas» que marcaron la vida social santiagueña.

​El avance interrumpido

​Antes de la irrupción del terrorismo de Estado, las mujeres en Santiago del Estero habían comenzado a ganar terreno en el espacio público. Desde la década de 1960, la profesionalización era un hecho: enfermeras universitarias como Fanny Jiménez Norry y Blanca Raed lideraban procesos educativos, mientras que las aulas del I.S.P.P. N.º 1 formaban a las primeras graduadas en Humanidades y Ciencias. Incluso en terrenos históricamente masculinos, nombres como Mirta Soria, Eva Musso y Liliana Dib irrumpían como las primeras ingenieras forestales.

​Este florecimiento también se dio en el arte. Figuras como Fanny Olivera y Guillermina Rosenstein en las tablas, o la plástica Nelly Orieta, consolidaban una presencia femenina que trascendía los límites del hogar. Sin embargo, el golpe de 1976 operó como un violento corsé para estas aspiraciones.

​Censura, exilio y control estatal

​La represión no solo fue física, sino también institucional. El caso de la científica santiagueña Miriani Pastoriza es emblemático: en 1978, la Junta Militar le impidió continuar su labor en el Observatorio Astronómico de Córdoba, incluyéndola en listas de «peligrosidad» y forzándola al exilio.

​Para las que se quedaron, el régimen reforzó los mandatos de la maternidad y el ámbito doméstico como destino único. No obstante, el Estado también utilizó la figura femenina bajo estrictas jerarquías. En 1978, durante la VII Asamblea del Consejo Federal de Educación en la provincia, mujeres como Isabel Buxeda y Ernestina Mira ocuparon cargos técnicos y de secretaría, demostrando que la presencia pública femenina persistía, aunque subordinada al control militar.

​»Las mujeres santiagueñas no fueron únicamente víctimas pasivas, sino protagonistas de trayectorias atravesadas por decisiones y estrategias de supervivencia», señalan desde el equipo de investigación de la UNSE.

​Las grietas de la resistencia

​La persecución también se ensañó con la juventud. Las hermanas Gladys y Anita Domínguez, vinculadas a la Juventud Guevarista, vivieron el «exilio interior» al ser desplazadas de sus centros de estudio hacia el interior provincial.

​En este contexto de terror, la figura de la madre emergió como un actor político inesperado. En Santiago, Clara Achával personificó esta lucha al exigir incansablemente la aparición de su hija Gladys, logrando un reencuentro en 1978 tras recorrer penales y despachos oficiales. Su caso ejemplifica cómo un rol tradicional se transformó en una herramienta de interpelación al poder.

​Un pasado que moviliza

​A 50 años de aquel 24 de marzo, la investigación del equipo integrado por las licenciadas Gallo, Hernández Reimundi, Isac, Roldán, Pómpolo y Olivera invita a no simplificar la historia. La dictadura en Santiago del Estero fue un periodo de tensiones constantes entre la ruptura de derechos y la continuidad de prácticas de participación que se negaban a desaparecer. Recuperar estos nombres es, hoy más que nunca, una necesidad para comprender las deudas del presente.

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